Hay cuerpos que se esconden… y hay cuerpos que deciden arder a plena luz.
Esta serie no pido permiso, no me disculpo, no me cubro. Aquí la piel no es un límite, es un lenguaje. Cada gesto es una provocación suave, un pulso entre lo que se muestra y lo que se intuye. El paisaje no es escenario: es cómplice. El mar respira conmigo, la arena me sostiene, el cielo me observa… y yo, simplemente, me entrego.
No hay inocencia aquí. Hay intención.
Hay deseo sin disfraz.
Hay un cuerpo que ha dejado de preguntarse si puede… y ha empezado a hacerlo
Lo que dejo atrás
Dejo mi nombre en la arena,
y avanzo sin voz ni historia.
Hoy solo soy lo que siento.
Altura y vértigo
Me sostengo en el aire,
entre el riesgo y el deseo,
y el mundo mira hacia otro lado.
Abandono
La arena me reclama lento,
como un amante paciente
que ya conoce mi peso.
Paso sin permiso
Camino sin cubrirme,
porque el miedo ya pasó
y la mirada no me detiene.
Territorio propio
Este es mi sitio,
aunque no haya huellas.
Aquí mando yo.
Ofrecerse al cielo
Epílogo
Después queda el eco.
El rastro invisible de lo que se ha ofrecido sin reservas, de lo que ha sido visto —o imaginado— sin control. Porque el verdadero atrevimiento no es mostrarse… es sostener la mirada del mundo sin retirarse.
El cuerpo ya no es solo forma: es declaración.
Un territorio que ha decidido ser vivido, no escondido.
Y cuando todo termina, cuando el viento enfría la piel y el silencio vuelve, queda algo más intenso que la imagen:
la certeza de haber cruzado un límite invisible.
Y de querer volver a hacerlo






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